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viernes, 7 de octubre de 2011

Caspar David Friedrich el Romanticismo y la naturaleza Sublime.

Caspar David Friedrich nació en 1774 en la ciudad de Greifswald (Alemania), que por entonces pertenecía a la corona sueca. Durante los primeros años de su vida vio cómo varios miembros de su familia morían. Quizás la pérdida más traumática se produjo cuando su hermano Johann Christoffer se ahogó intentando salvar al propio Caspar David, que se había hundido en el hielo. Estas muertes influirían mucho en su obra artística.
(Aconsejo ampliar las imágenes para disfrutar de toda su belleza)


Selección de obras homenaje a Caspar Friedrich, 
con la música de fondo de Franz Schubert.


Desde temprana edad su formación estuvo orientada hacia las Bellas Artes, en 1794 entró en la Real Academia de Arte de Copenhague, una de las mejores de Europa en aquel momento. Pronto viajó a Dresde, cuna del movimiento romántico alemán, donde conoció a destacados artistas y escritores: Philipp Otto Runge, Ludwig Tieck, Novalis, Heinrich von Kleist, etc.



En 1808 pintó La cruz en la montaña, lienzo que le aportó un reconocimiento público inesperado a pesar de la fuerte polémica que despertó lo novedoso de sus planteamientos. Poco después llegó Monje a la orilla del mar y Ruinas del monasterio de Eldena, con los que comienzan los años de mayor proyección de su trabajo artístico. 


Desde el levantamiento del pueblo de Dresde contra Napoleón, tras la derrota de este en la campaña rusa, Friedrich se vinculó activamente con los círculos políticos de corte liberal y republicano. A los 44 años se casó con Christiane Caroline Bommer, que hizo de modelo de sus cuadros en numerosas ocasiones. Tuvieron tres hijos. Murió en 1840 en Dresde.





La visión del mundo desde la óptica Romántica.

Pocos años antes del nacimiento de Friedrich, en 1769, Johann Gottfried Herder, filósofo, teólogo y crítico literario alemán, se hizo a la mar en Riga en dirección a Francia, el viaje fue iniciático, las ideas que le asaltaban mientras navegaba pueden constituir el comienzo de lo que hoy llamamos el Romanticismo alemán. En la soledad que le proporcionaba el océano, engendró una nueva forma de observar y comprender lo que le rodeaba, una intensísima forma de sentir y trascender la realidad y de abarcar la enormidad de la naturaleza que le rodea.





Esta “nueva” dimensión de la naturaleza venía determinada por los grandes descubrimientos renacentistas. Debemos pensar que el descubrimiento de América y los cálculos del universo que llevó a cabo Copérnico en los albores del siglo XVI habían multiplicado la extensión de nuestro planeta de forma exponencial de golpe. En la pintura romántica el paisaje deja de tener necesariamente la presencia del hombre; el paisaje es el protagonista absoluto, o, más bien, el protagonista es el gran abismo que existe entre la pequeñez del hombre y la grandiosa naturaleza. El hombre del Romanticismo siente vértigo, se siente insignificante ante tanta desproporción, la inmensidad de la naturaleza le produce algo a medio camino entre la melancolía y el terror. La visión bucólica y tranquila del paisaje romántico es un error. La contradicción, el desasosiego y el desconcierto son sus protagonistas. 



El hombre romántico encuentra en la naturaleza al Espíritu Supremo. La experiencia que quiere transmitir Caspar David Friedrich tiene un carácter religioso. Friedrich llega a afirmar: “El pintor no debe pintar sólo lo que ve ante sí, sino también lo que ve en sí”. Su devoción religiosa le hacía acometer el trabajo de forma casi reverencial: lo divino estaba por todas partes... Dibujaba pequeños detalles con los que luego conformaba una realidad nueva, la interior. “Sus composiciones parten de lo singular y generan una mirada a un paisaje que no ha sido tomado así de la naturaleza, sino que se corresponde exclusivamente con la ‘visión interior’ del artista. Nos muestra su fe y su devoción a través de las formas de la naturaleza por sí mismas.