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lunes, 17 de octubre de 2011

Las atmósferas de William Turner

"Lo único que importa es dar una impresión ". William Turner

Joseph Mallord William Turner es considerado generalmente como un artista que, por su "modernidad", se sitúa al margen de otros pintores de su época. Mientras que Inglaterra pasa sin transición de los artificios del "Gran Estilo" del siglo XVIII a la minuciosidad obsesiva del realismo de mediados del siglo XIX, Turner persigue su propia visión, totalmente independiente. Explorando un mundo hasta aquí insospechado de luz y de color, se adelanta al impresionismo. En la claridad del sol, sus pai­sajes luminosos se desintegran. Este pintor prefigura incluso el arte abstracto del siglo XX en su afán por recha­zar las formas más evi­dentes de representación. 


La obra de William Turner y la música de Enya


Se trata de una magnífica concepción del artista. Una imagen que cuadra per­fectamente con la teoría modernista, según la cual todos los grandes artistas a través de la Historia se han anticipado al arte moderno. Pero la verdad es algo diferente. El genio de Turner es muy grande, pero no de la manera que a veces se imagina. Nace en 1775, en el umbral del último cuarto del siglo XVIII. Es un joven hombre precoz que, desde la edad de veinticinco años, domina la técnica de su modo de expresión privilegiado, la pintura del paisaje. Perfectamente formado en las maneras de ver propias del Siglo XVIII, se suscribía a las teorías admitidas sobre el arte, y a aprender a explotarlas al máximo. 



Turner admiraba enormemente a uno de los más eminentes teorizadores del arte de este período, el retratista sir Joshua Reynolds. Como él, cree que el gran arte no es más que la expresión de la grandeza majestuosa del universo, y de lo que es noble y elevado en la naturaleza humana. Siguiendo su ejemplo, piensa que un pintor serio debe describir lo que hay de sublime en la naturaleza o en las acciones humanas. Pero, con­trariamente a Reynolds, rehúsa admitir que única­mente la representación de personajes a gran escala per­mite encarnar estas ideas. Dirigió durante toda su vida una ferviente campaña a favor de la pintura del paisaje inglés. Quería así probar que los ingleses podían aportar una contribución significativa a la tradición establecida por los grandes maestros europeos de los siglos XVI y XVII. Sus obras constituían los fundamentos sobre los que ellos debían construir: los magníficos principios de Tiziano, de Rembrandt, de Poussin y de Claude le Lorrain eran las bases de la visión de Turner. Su mayor ambición fue continuarles y superarles si fuera posible. 




Esto no le impide en absoluto observar asiduamente la naturaleza. Dibuja sin cesar en cuadernillos. A su muerte, en 1851, dejó más de trescientos. Durante toda su vida, casi todos los veranos, no cesa de recorrer Inglaterra, el País de Gales y Escocia, o de viajar por Francia, Suiza, Alemania e Italia, recogiendo el material para las acuarelas y las pin­turas al óleo que pintaría en su estudio en Londres durante el invierno. La Royal Academy organizaba una exposición todas las primaveras. Expone allí regularmente sus obras, comenzando por una acuarela que pintó a los quince años, en 1790. Se pasa a continuación a la pintura al óleo (1796). Después, expone hasta media docena de cuadros casi todos los años hasta su muerte. La Acade­mia (de la que Reynolds fue primero presidente) jugaba un papel importante en su proyecto: simbolizaba la fraternidad de los artistas ingleses, el grupo motor que debía catapultar a Inglaterra en el pelotón internacional de las grandes escuelas de Pintura. 






Allí se sentía como en su casa. Es su casa, en parte, quizá, porque no había tenido verdaderamente el sentimiento de la familia. Su madre había perdido la razón cuando él todavía no era más que un niño, y moría en un asilo en 1804, Su padre, originario de Devonshire, se había establecido como barbero en Covent Carden, en el centro de Londres, donde había nacido Turner. Padre e hijo llegaron a ser amigos muy próximos tras la muerte de la madre; "Daddy" es, a la vez, cocinero, jardinero y asistente del estudio de Turner. Los dos hombres viven en cariñosa colaboración hasta la muerte del padre en 1829. Turner encuentra entonces una amante, Hannah Danby, con la que tiene dos hijas; ella se encontrará más tarde relegada al papel de simple criada en su domicilio londinense de Marylebone. Él jamás le reconoció públicamente otro status que el de criada. No reveló a nadie, ni siquiera a sus amigos más íntimos, que tenía una familia. 


Hacia la edad de cincuenta años, encuentra el consuelo y el cariño junto a Sophia Booth, una viuda que instala en su casa, a orillas del Támesis, en Chelsea, donde vivirá de incógnito los últimos años de su existencia. Había encontrado a Sophia en Margate, un balneario donde le gustaba pasar una temporada. Las puestas de sol en esta parte de Kent, en el extremo sureste de Inglaterra, se contaban, en su opinión, entre las más bellas del mundo. Su gusto por los efectos grandiosos de las inclemencias climáticas, de la montana y de la tempestad está en perfecta armonía con su deseo muy del siglo XVII de pintar paisajes "sublimes" que exaltan el alma y reflejan las más altas emociones del hombre. Los Viejos Maestros habían tomado prestadas historias de los autores clásicos, inspirándose en Homero o en Virgilio o en la Biblia, para dar un mayor peso "histórico" a sus paisajes. Turner hace lo mismo; había leído igualmente mucha poesía, lo que le había dado una cultura literaria en este campo y proporcionado una selección innumerable de temas. 



Llegó, incluso, a escribir poemas (interminables tira­das, la mayoría incompren­sibles, garabateados en las páginas de sus cuadernillos de croquis). Se han expuesto numerosos cuadros suyos con leyendas en verso destinadas a darles un signi­ficado más amplio. Éstas figurarían junto a los títulos en los catálogos de la Academia: Turner citaba la Iliada de Homero; la Eneida, de Virgilio; El Paraíso Perdido, de Milton e, incluso, sus propias obras poéticas. 



Es elegido miembro de pleno derecho de la Academia desde la edad de veintiséis años. Las primeras obras que expone allí pretendían, esencialmente, impresionar a sus colegas pintores por su deslumbrante dominio técnico: a menudo eran de grandes dimensiones y abordaban los temas más grandiosos. Entre ellos, figuraban La Quinta Plaga de Egipto (seguida poco después de La Décima), El Diluvio (el diluvio de Noé) y, en 1812, esta visión apocalíptica del hombre ambicioso enfrentado a la naturaleza hostil: Tempestad de Nieve: Aníbal y su Ejército atravesando los Alpes. Para una ambición tal, la Academia no podía proporcionar espacio suficiente. 



A principios del nuevo siglo, Turner compra una casa en el West End en Londres, donde puede montar su propia galería, Es allí donde expone durante nunerososos años, presentando pinturas y acuarelas, se convirtió en una de las atracciones de Londres para los amantes del arte, que continuarían visitándola, desafiando la arisca acogida de su propietario que vive allí, recluido. 
El deseo de Turner de pintar aspectos de la naturaleza jamás abordados antes en pintura alimentó una multitud impresionante de expe­riencias-croquis en acuarela, en interminables hojas de papel; estudios al óleo de las olas, las nubes y de la luz del sol en el mar sobre un número incalculable de tejados. 




Si fue incomprendido y burlado en su vejez, es quizá tanto porque estaba anticuado como porque se encontraba por delante de su tiempo. Para una generación habituada a admirar pinturas altamente acabadas, al dibujo riguroso, las tentativas de Turner para describir la lluvia, la bruma y la tempestad debieron parecer de una imprecisión intolerable. Pero, en realidad, sus pinturas de la luz y de la atmósfera eran todo salvo imprecisas, o "indistintas" como le de­ploraba su primer mecenas americano, James Lenox. Eran precisámente una representa­ción fiel de "aquello a lo que se parecía": Turner utilizó esta expresión cuando pintó su Barco a vapor en una tempestad de nieve a la entrada de un puerto, asegurando que se había hecho atar al mástil del navío para observar el efecto producido. 







Un hombre, sin embargo, supo apreciar el talento del pintor en su justo valor: el joven John Ruskin, que defendió a Turner con pluma apasionada contra sus numerosos críticos, y que continuó publicando cinco enormes volúmenes alabando a aquel que consideraba como el más grande pintor moderno. Es sobre este estudio que se construye la reputación ulterior del artista, y aporta todavía hoy un testimonio decisivo sobre el arte de Turner. Ruskin ofrece de Turner uno de los estudios de carácter más contundentes, un retrato perspicaz y benevolente que hizo mucho para contrarrestar la opinión común que veía a este artista como un ser inculto, frustrado y misántropo. 







Se puede admiraren profundidad la obra de Turner en Londres en la Clore Gallery, en la Tate Gallery y en la National Gallery que aloja su importante legado de trescientas pinturas y varios miles de obras sobre papel. También está bien representado en las colecciones americanas, en particular en la National Gallery de Washington, en el Yale Center de British Art y en el Indianapolis Art Museum.